SEGUNDA PARTE Leyendo a Deleuze

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Gilles Deleuze (1925-1995) tenía la convicción de que no era necesario ser filósofo para leer filosofía. «No creemos en la utilidad de las filiaciones. Las alianzas son más importantes que las filiaciones» escribía en Superposiciones.

Es cierto que sería poco eficaz hacer del filósofo francés el heredero intelectual de tal o tal “gran” pensador. Si Deleuze es un “gran lector” —es decir un “gran aliado”— tanto de Spinoza como de Bergson, de Nietzsche como de Foucault, de Kierkegaard como de Freud o de Kant… y también de Lewiss Carroll y de Franz Kafka, de Marcel Proust y de Henry Miller o de Samuel Beckett es porque encuentra allí «planos de inmanencia» (filosofía) y «planos de composición» (arte) que atravesar, que desplazar y, ante todo, posibilidades para inventar otros.

«Crear nuevos conceptos que tengan alguna necesidad, eso siempre ha sido la tarea del filósofo» remarca el que fue profesor en la legendaria Universidad de Vincennes (abierta después del 68). Y el concepto está hecho para deformarse y transformarse en función de las múltiples realidades e inquietudes donde llega a inscribirse. Se trata, por un lado, de pensar “sobre lo actual” y, por otro, de hacer de este acto de pensar una puerta que se abre “sobre el devenir”.

¿Por qué no invitar entonces, a partir de la lectura de siete textos breves del filósofo (uno por semana), a cada uno a que empiece a construir lazos propios e —incluso— a crear otros conceptos?