Infancia-infamia: Lo infantil, la experiencia, el lenguaje
Niños en mantillas. “…Porque aquellos que os atan no comprenderán
vuestra lengua, como tampoco vosotros la comprenderéis…”.[1]
Leonardo Da Vinci
“La voz es primero la de la cuerda que vibra antes de que el
instrumento se divida e instrumente en música, en casa, en guerra”.
Pascal
Quignard
Que el niño y lo infantil no coinciden resulta, para un
psicoanalista, una obviedad. Niño, como lo demuestra Philippe Aries en su
trabajo titulado El niño y la
vida familiar en el antiguo
régimen es el efecto de un discurso, que se constituye en Europa, entre los
siglos XIII y XVIII. Lo infantil, en cambio, con Freud nos remite al deseo
(deseo infantil), a la sexualidad (sexualidad infantil), a la neurosis
(infantil), a las escenas infantiles (fantasías originarias: escena primaria,
seducción, castración) y califica siempre un factor perturbador: “vivencias en
el cuerpo propio o bien percepciones sensoriales, las más de las veces de lo
visto y lo oído, vale decir, vivencias o impresiones”.
Sin embargo, cada una de estas fórmulas que repetimos como
estribillo, donde lo infantil es una predicación de un sustantivo cada vez
diferente, deja escapar eso que de lo infantil no resulta tan sencillo de
aprehender.
Situemos brevemente que el término infancia proviene del
latín infans, y está
formado con el prefijo privativo in- antepuesto a fante, que era el
participio presente del verbo for
fari ‘hablar’.Infans significa literalmente el que no habla
y designa una no capacidad de palabra, la condición de aquel que aún no dispone
de la palabra para hablar. Hilflosigkeit,
traducido como desvalimiento, es el nombre freudiano de esta condición que
determina la absoluta dependencia del cachorro humano del Otro del lenguaje.
Freud inventa un mito, la experiencia de satisfacción, para pensar este momento
absolutamente original en que el infans, “ese ser sumido todavía en la
impotencia motriz y en la dependencia de la lactancia”[2], que no dispone de la
capacidad de habla, tampoco dispone de aquello que podría poner fin a la
excitación proveniente del interior. Lo infantil, dirá Freud, es la fuente del
inconsciente.
La palabra infamia –cualidad de infame; infame: se aplica a
la persona carente de fama o de renombre- es cercana a infancia no sólo por el
lado de la homofonía. Infamia, formada también con el prefijo privativo in, comparte con infancia el
mismo radical latino for fari,
hablar. ¿Pero qué significa aquí hablar? Siguiendo a Benveniste for, fari o la
raíz indoeuropea bhä designa la palabra como independiente de quien la
profiere, no en tanto que significa sino en tanto que existe, la palabra como
manifestación humana, como acto de habla [3]. El pasaje del infans al niño que habla implica, entonces,
no los enunciados, sino la manifestación de una facultad impersonal propia de
la condición humana. En el mismo sentido, podemos conjeturar que la infamia
significa la privación de dicha manifestación. La contraparte de lo infantil,
entonces, no es la adultez (lo cual nos permitiría entender lo vano de la diferencia
entre el psicoanálisis de niños y el psicoanálisis de adultos), sino la
infamia.
La apuesta es reabrir la pregunta por el estatuto de lo
infantil en psicoanálisis en esta vecindad, apenas esbozada, que presenta con
la experiencia y con el lenguaje. Además, ¿qué puede enseñarnos respecto de la experiencia analítica la relación de
disyunción entre la infancia y la infamia?
La modalidad taller implica un énfasis en la conversación,
en un trabajo “entre”. Por lo tanto, se propone como espacio de lectura,
discusión, diálogo en torno de los textos propuestos.
